Al parecer nací cerca de Valencia de Alcántara, provincia
de Cáceres, o al menos ahí se centran mis primeros recuerdos.
Mi madre murió en el parto y me recogieron mis abuelos, poco
después mi padre se fue a la capital a buscarse la vida, al despedirse
me prometió que vendría por mí tan pronto como
se hubiera instalado y tuviera un trabajo. Nunca lo volví a ver.
Me han pedido que me centre en los aspectos de mi vida que tengan relación
con el asunto del yantar. Así que voy al grano, ya de pequeño,
debería tener unos 6 o 7 años, me movía bien por
el campo y tenía buen ojo para recolectar todo lo que se podía
comer y así, aparte de pasármelo bien, hacía mi aportación
a la economía doméstica. La primavera es muy generosa
en la dehesa, recogía espárragos, cardillos y sobre todo
cogumelos, unas setas hoy muy apreciadas, en castellano se llaman gurumelos, pero yo siempre las conocí no recuerdo porqué como cogumelos, las intuía cuando apenas
asomaban a la tierra y tenían la forma de un huevo blanco. Ya
en esa época colocaba en el suelo de la plaza la cesta de mimbre
y empecé a sacar algunos dineros extras que al menos en parte
hurtaba de la vista de mis abuelos.
Muchos años después algunos compañeros de los
que venían al campo conmigo serían mis principales proveedores,
de cogumelos y de otros artículos excelentes que dan las tierras extremeñas.
Explico todo esto para que puedan imaginar que no tuve unos inicios
fáciles, hube de pasar muchos apuros, de los cogumelos a la trufa
blanca y largos años de duro trabajo antes que pudiera establecerme
por mi cuenta. Mi primer restaurante. Después otro y otro. Mis años en Cataluña. En
aquellos años, hablar de cocina era hablar de cocina francesa,
así que cuando en 1938 tuve que huir de España, no dudé
en instalarme en París y abrir el que sería mi último
restaurante "Chez Romero" (Romeró decían), Meca
hasta bien avanzada la guerra europea de la mejor cocina francesa, es
decir, del mundo, naturalmente me refiero a ciertos círculos.
En ese período comprendí que no era lo mío el
traginar en la cocina día a día, pero aprendí mucho.
Comprendí el funcionamiento del gusto burgués, de como
mostrar los sabores de manera tan sutil que fueran los propios comensales
los que creyeran descubrirlos, de innovar continuamente para estar siempre
en la cresta de la moda culinaria manteniendo los altos estándares
de la alta cocina.. Aprendí que la inmejorable calidad de la materia prima pasaba
desapercibida para la inmensa mayoría pero que al igual que la
banda sonora de una película si fallaba el estrépito era
inevitable.
No puedo decir que me alegrara cuando me llegó mi primera oferta
para asesorar una gran cocina, trabajar para las altas esferas nazis
no formaba parte de mis aspiraciones, pero no tuve elección.
Ahí descubrí que mi verdadera vocación no estaba
en los fogones si no en lo que hoy podríamos decir en la producción
ejecutiva y en la creación. Nunca se me pondría tan a
prueba ni se me exigiría tanto en ninguna de las Cortes para
las que posteriormente trabajaría, como en este período.
Debía buscar y conseguir los mejores ingredientes para confeccionar
diversos menús esotéricos o afrodisíacos o inspirados
en la mitología germánica para poder ser degustados acompañados
de una ópera de Wagner, por ejemplo. Con el fin de beneficiar a mis paisanos
tuve la idea de substituir las patatas por criadillas de tierra en la
Kartoffen salat . No se si se enteraron del cambio pero el
éxito fue tal que con motivo de una celebración, no recuerdo
de qué, exigieron que se hiciera para toda la tropa. Mis amigos
del pueblo no pudieron suministrarme los 500 Kilogramos que necesitaba
y tuvimos que idearnoslas para.. pero eso es otra historia.
Cuando acabó la guerra me reclamaron en Estados Unidos y traspasé
el restaurante que no tardó mucho en cerrar. Trabajé un
tiempo en la Casa Blanca antes de pasar a San Francisco y desde ahí
a Asia y de nuevo a Europa. Me especialicé en crear menús
sofisticados de pongamos 15 platos que fueran innovadores y armoniosos
entre ellos y de conseguir los ingredientes si estos resultaban de difícil
adquisición, algo tan sencillo o tan complicado como eso. Se
me daba bien. Como decía mi amigo Steven, juntar notas es sencillo
pero crear música es cosa de muy pocos.
A veces, hasta tenía que conseguir los cocineros pero eso era
más raro, más habitual era tener que adaptar los menús
a las capacidades de los cocineros disponibles.
Mientras el mundo iba cambiando, nuestros problemas también.
El pueblo, por ejemplo, podía comer a diario un pollo que no
era pollo y tuvimos que trabajar para conseguir que ciertos campesinos
continuaran con el sistema de crianza tradicional para conseguir buenos
productos. Eso significaba compensarles económicamente, suficiente
para que continuaran en esa línea y no demasiado para que no
tuvieran veleidades empresariales e intentaran montar su propia explotación
por poner un ejemplo.
Con los productos del mar ocurría algo similar y debíamos
conseguir barcas proveedoras de un pescado fresco y de las especies
que en cada momento se demandaran o mejor aún tener barca propia.
Mediados los años 60, en mi último trabajo, colaboré
en la cocina de una casa real europea, no importa cuál. Disponía
de huerto y campos propios, en la que ya entonces se trabajaba en una
agricultura que hoy llamarían ecológica. Barcas propias,
una dedicada a la pesca de altura y otra que suministraba el pescado
de costa de cada día. Pan propio. Y una larga lista de proveedores
de los mejores productos repartidos en todo el mundo incluida Extremadura,
de eso ya me encargaba yo. Así el aceite nos llegaba de la comarca
de La Serena , el queso de cabra de La Siberia y los
jamones de Montánchez o Piornal. Este era el prototipo de suministros, exceptuando
los proveedores de mi tierra, al que se acercaban o al menos lo intentaban todas las grandes cocinas
de los centros de poder o grandes restaurantes según sus posibilidades.
No tenía edad para jubilarme pero sí el dinero suficiente
para no tener que preocuparme del dinero durante el resto de mi vida
así que sin familia y asqueado por el continuo derroche y despilfarro
de los lugares donde vivía en contraposición con la miseria
del resto, me compré una masía cercana al mar, ese mar
que siempre había añorado, incluso antes de conocerlo
y hasta hoy he mantenido una vida sosegada, dedicada al cultivo de los
cogumelos, sin éxito hasta hoy, una vida estéril
o casi. Una o dos veces a la semana salgo a comer fuera y a comprar
algún libro o revista, además desde aproximadamente 1995
dispongo de Internet por lo que mi aislamiento relativo es tan sólo
físico.
Este retiro se ha roto hoy, verano del 2007, por la insistencia de
los miembros de enlamesa.com que tienen la creencia
de que puedo aportar algo al debate gastronómico actual. Espero
no decepcionarles.
Tal vez muchos de los lectores a estas horas se preguntarán y este, ¿quién es?, pues un anciano jubilado, si tienen menos de 60 años lo extraño sería que hubieran oido hablar de mí. De los mayores, sólo los más próximos me conocen por mi verdadero nombre, el resto puede que crean no conocerme pero se equivocan.
Romero Godoy (Septiembre 2007) |